El divorcio y sus consecuencias

Una persectiva psicosocial

Un proceso de divorcio es algo por lo que a nadie, de entrada, le gustaría pasar. Se trata de un episodio de nuestras vidas doloroso, duro y en ocasiones traumático. Si le añadimos el agravante de ser contencioso resulta más difícil todavía. Las consecuencias de un divorcio no son las mismas en toda la variedad de casos.  Al contrario de lo que muchos creen, no es la separación lo que conlleva las consecuencias negativas, sino otras variables como los conflictos anteriores y posteriores, la manera en que se afrontan dichos conflictos y la duración de estos. Es por ello que nos planteamos: ¿Qué sucede en nosotros cuando pasamos por una separación o divorcio? ¿Cómo nos repercute? ¿Y a nuestros hijos? ¿Qué podemos hacer para llevarlo mejor?

En darse la situación de separación, nos vemos forzados a afrontar nuevas realidades personales que suponen un reto. En primer lugar, debemos ajustar nuestras vidas a una situación a priori dolorosa, de ruptura, de duelo. En segundo lugar, debemos aprender a desarrollar los roles que se derivan de esta nueva situación, con la dificultad añadida en ambos casos de tener que superar episodios de estrés, ansiedad, depresión o pérdida de autoestima además de, probablemente, una situación socioeconómica menos poderosa. La resiliencia (capacidad para superar situaciones difíciles), será fundamental para ambas partes. Otro de los factores influyentes en las consecuencias derivadas de una separación es el papel que tenga cada uno de los conyugues. Tampoco es  lo mismo una separación de mutuo acuerdo que una contenciosa. El miembro de la pareja que decide separarse, tenderá a sentir culpabilidad y vergüenza, además de estrés y ansiedad, mientras que el otro afectado probablemente sentirá sorpresa, rechazo, abandono, vergüenza, rabia y dolor.

En el aspecto socioeconómico, es muy probable debamos hacer cambios en la forma en que se afronta la vida laboral. La situación económica, sobretodo del progenitor custodio, se verá afectada lo cual le obligará a iniciar o retomar la vida laboral, ampliar el horario de trabajo, implicando una pérdida de contacto con sus hijos, influyendo por lo tanto en la educación de estos y aumentando la probabilidad de crear vacíos emocionales en sus descendientes. (Braver et. Al, 2006). Por otro lado, el progenitor no custodio reduce los contactos con sus hijos. El hecho de que se produzca esta nueva situación genera impotencia en ambas partes (padre e hijo) y puede repercutir en la calidad de su relación. Esto, no siempre es así ya que un bajo nivel de conflictividad entre padres es un muy buen indicativo de calidad en su relación para con sus hijos, así como el hecho de estar conforme con la decisión tomada respecto a la custodia (Rosenthal y Keshet, 1981), (Heath, 1981).

En la situación de divorcio y a posteriori, la importancia de cubrir el vacío que deja la expareja en cuanto a determinados roles es crucial. Nos será de gran ayuda y facilitará en gran medida nuestra adaptación el hecho de aceptar esta nueva realidad y afrontarla de la mejor manera posible, teniendo presente que no es mejor ni peor, sino distinta. Aprovecharla como una oportunidad de cambio positivo, de superación, aprendizaje y como un reto más de nuestras vidas, no como algo traumático.

¿Qué hay de nuestros hijos?

En la infancia, todos requerimos de muchos cuidados y antes de lograr nuestra independencia necesitamos establecer vínculos afectivos fuertes y duraderos. La ruptura de estos vínculos supone una situación de duelo, es por ello que debemos prestar especial atención a los niños. Sin duda, en un proceso de divorcio, los hijos de los conyugues que se encuentran en el proceso también sufren sus consecuencias. Un divorcio que pudiera resultar beneficioso para los padres, no es necesariamente positivo para los hijos. Estos fantasean y desarrollan sus propios pensamientos y creencias alrededor de la separación y el futuro que les espera. El estrés al que se ven expuestos, en gran parte transmitido por los padres y la dificultad de la situación, son causa de muchas problemáticas e influyen notablemente en el proceso evolutivo de los hijos. La familia es el elemento crucial, un pilar en la vida de los niños,  y los cambios que de ella se derivan pueden repercutir visiblemente en su desarrollo, salud física y emocional. Los hijos muestran más vulnerabilidad y tendencia a sufrir problemas psicoemocionales o sociales debido al estrés al que se ven expuestos (Fariña, Arce, Novo & Seijo, 2012) y la conflictividad de la relación entre los padres. Ellis (2000), resalta que la mayoría de problemas a los que se ven expuestos los hijos de padres divorciados son de índole emocional y comportamentales. Frecuentemente sufren ansiedad, depresión y baja autoestima, así como conductas desadaptativas como el consumo de sustancias. En la mayoría de casos, la preocupación de los hijos es la soledad y el temor de alrededor de que ocurrirá en el futuro. Al igual que con los adultos, la resiliencia que tenga cada niño, resultará una cualidad muy a tener en cuenta durante la separación, puesto que los recursos personales y una buena capacidad para afrontar las situaciones difíciles actuarán como elementos protectores.

Así mismo, la respuesta que las familias dan a la crisis que supone un divorcio suele ser de dos tipos. O bien la familia mantiene las funciones de protección para con sus hijos o se mantiene el conflicto de pareja, influenciando negativamente en las funciones parentales. Es conveniente disminuir al máximo los factores de riesgo para nuestros hijos y facilitar aquellos factores que actúan como protectores para agilizar la elaboración del duelo por la pérdida de la unidad familiar. Debemos tener presente en todo momento que la adaptación de los niños a la nueva situación pasa necesariamente por la adaptación de los padres, es por ello que la promoción de la coparentalidad positiva será muy beneficiosa para los descendientes. Una actitud constructiva delante de la situación de divorcio, velando por el interés y la salud física y emocional, favorecerá notablemente a los hijos. Es de vital importancia evitar entrometer a los hijos en los conflictos de lealtades, no usarlos de mensajeros, intentar mantener un discurso positivo cuando se hable de la expareja y  hacerles comprender las consecuencias de forma realista, sin generar miedos innecesarios. De este modo conseguiremos mantener las funciones parentales (emocionales, educativas, sociales etc..) y obraremos en beneficio en su beneficio.

El rol  profesional

Finalmente, debemos resaltar el papel de las instituciones y profesionales (psicólogos y abogados). Nuestro deber es actuar para proteger a las familias y niños de todas las consecuencias negativas que resultan de un divorcio, promoviendo el funcionamiento óptimo de la nueva situación familiar, ofreciendo medidas que se acerquen al concepto de coparentalidad positiva y aportar soluciones como la mediación o los programas psicoeducativos para minimizar los riesgos en la salud de los implicados. Por lo tanto, actuaremos bajo la premisa de justicia terapéutica, la cual no solo es beneficiosa para las partes directamente afectadas, sino que además, mejora la efectividad de los profesionales que intervienen en el proceso de separación. A su vez nos sentiremos más satisfechos con el trabajo realizado y ofreceremos un  mejor servicio, traduciéndose todo en eficacia y buena reputación profesional.

Ricard Sancho Alcázar

Col. 28188

PAM. 00083